Turquía pide a gritos entrar en la UE

23 febrero 2010 at 10:28 1 comentario

 

Erdogan y Zapatero, juntos en Madrid. (Foto: Publico.es)

Erdogan y Zapatero, juntos en Madrid. (Foto: Publico.es)

Turquía es como esa eterna promesa del fútbol que parece no acabar de despuntar nunca, debido, tal vez, a que no ha logrado ganarse la confianza del entrenador o entrenadores como para que lo coloquen de una vez en el once inicial. Con este símil futbolístico bien podría definirse la situación de la nación turca con respecto a la Unión Europea.

Este país, puente entre occidente y oriente no sólo por su estratégica posición, sino por una historia de amor-odio entre el mundo católico y el mundo musulmán que se remonta a la época romana- lleva desde el año 1963, cuando se firmó el acuerdo de asociación entre la UE y Turquía-, tratando de entrar en el Euroclub. Oficialmente, presentó su candidatura a la Unión Europea en 1987, pero desde entonces se le han dado largas, unas más disimuladas que otras, cada vez que los sucesivos Gobiernos turcos, y especialmente el del primer ministro y pro europeo Recep Tayyip Erdogan, recordaban que llevaban años esperando y que ya les tocaba el turno.

Sin embargo en Europa, y sobre todo en Francia y Alemania, hay muchos recelos a la futurible incorporación de Turquía a la Unión Europeos. Motivos no faltan, como el temor a una ola de inmigrantes turcos Alemania ya aloja a unos 2.600.000 inmigrantes de este país-, y a la incertidumbre que supondría la incorporación del primer estado de tradición musulmana, así como el hecho de que el peso demográfico turco (71 millones de almas, superando los 54 millones de Francia y quedándose cerca de los 84 de Alemania) supondría otorgarle un peso específico en todas las instituciones europeas, algo que ni galos ni germanos parecen dispuestos a conceder.

Hay que reconocer a Turquía  el mérito de haber seguido adoptando políticas, culturales y económicas tendentes cada vez más a ese deseo turco de que la bandera de la media luna ondee junto a la de las otras 27 naciones en Bruselas, aun cuando la UE le haya ido dando excusas vagas para no tener que afrontar un debate serio sobre su ampliación hacia las tierras de Anatolia.

Especialmente esto ha sido así bajo la presidencia de Erdogan, quien en el Foro de Nueva Economía, celebrado ayer en Madrid, ha vuelto a recordar que el objetivo de Turquía “es la integración como miembro de pleno derecho” de la Unión. El primer ministro turco señaló además su país “está más avanzado que algunos países miembro” (y en esto no deja de tener razón, si observamos a alguna de las recientes incorporaciones hechas hacia el Este) y que “no será una carga” sino que “servirá de puente con el mundo islámico de 1.600 millones de habitantes”.

En el seno comunitario cuenta con muchos apoyos, como el de José Luis Rodríguez Zapatero, quien en una rueda de prensa conjunta con Erdogan al término del Foro ha dicho que España es “firme partidaria” de la adhesión de Turquía, al considerar que este país islámico de más de 70 millones de habitantes “forma parte de un proyecto de gran alcance político para el orden internacional, para la estabilidad y para ampliar la perspectiva de lo que representa el potencial de la UE”.

Cada año parece que Turquía va abriéndose camino en las mentes de los políticos europeos, que verían con mejores ojos que hace unos años la unión de Turquía al Club de los 27; pero antes la república laica que Ataturk fundase a principios del siglo XX ha de enfrentarse a varios retos internos.

El más importante de ellos es la reforma del Ejército, una poderosa institución que, al contrario de lo que ocurrió aquí con el franquismo, es una firme defensora de la laicidad del Estado, no en vano en los últimos 50 años ha conseguido derribar a cuatro primeros ministros. Hoy mismo se ha conocido que una cincuentena de altos mandos de las Fuerzas Armadas Turcas, entre ellos los ex jefes de la Armada, de la Fuerza Aérea y el antiguo número dos del Estado Mayor, han sido detenidos acusados de urdir un plan para derrocar al Gobierno de Erdogan, al que consideran desviacionista (recordemos que Erdogan pertenece al partido islámico moderado Justicia y el Desarrollo, AKP) de la tradición laica de Atatürk.

Pero hay otros, como el reconocimiento del genocidio armenio, ocurrido entre 1915 y 1917 y jamás admitido por las autoridades kemalistas, la solución a la cuestión kurda, o el eterno enfrentamiento por el control de Chipre entre Grecia y Turquía, que también es un importante factor que interfiere en las relaciones con la Unión Europea.

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