La península de Corea siente retumbar de nuevo los tambores de guerra

25 mayo 2010 at 12:08 Deja un comentario

Corea del Sur, en alerta (Foto: El mundo.es)

Corea del Sur, en alerta (Foto: El mundo.es)

La delicada tregua entre Corea del Norte y Corea del Sur parece pender de un hilo, después de que se haya confirmado que un torpedo norcoreano fue el causante del hundimiento de la fragata de guerra surcoreana ‘Cheoan’, ocurrido el pasado 26 de marzo y en el que perdieron la vida 46 tripulantes.

La península de Corea vive desde 1953 dividida en dos estados, el Norte comunista y el Sur capitalista, que nunca han firmado un tratado de paz desde la tregua que ambos bandos se dieron tras tres años de guerra. Tanto uno como otro país han permanecido desde siempre en estado de máxima alerta, vigiándose, estando atentos a cada paso que el uno daba, a cada alianza que el otro firmaba. Un estado de guerra silenciosa que también se refleja en la población –Corea del Norte posee un ejército de más de un millón de soldados en activo y 4,7 millones en la reserva, mientras que Corea del Sur no ha dejado de reforzarse militar y tecnológicamente, en previsión de una acción armada norcoreana, contando además con un personal militar de 3,7 millones de efectivos – y en la política de destinar grandes recursos económicos a un refuerzo militar ‘en previsión de’.

Y parece que Corea del Sur ha dado el primer paso dentro de esos plannes. A las dos pruebas nucleares y los múltiples test de misiles balísticos de su vecino norteño, el Gobierno de Seúl se vio obligado a mantenerse en su posición, sin salirse del tiesto, pues en la mesa había un proceso de negociación a seis bandas (EEUU, las dos Coreas, China, Japón y Rusia) para intentar desnucleizar la península asiática. Sin embargo, el ataque a uno de sus buques de guerra, un acto de agresión directo, ha sido demasiado para la Corea capitalista.

Así, Seúl ha pasado a la acción. Por de pronto el presidente surcoreano Lee Myung-bak, ha ordenado la suspensión de todo el comercio con el régimen comunista, la prohibición de que sus barcos utilicen puertos surcoreanos y la solicitud de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de la ONU – el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ha condenado por su parte el ataque al barco surcoreano y ha dicho que “confía” en que el Consejo de Seguridad adoptará las medidas apropiadas ante la gravedad de la situación”-. El Ministerio de Defensa de Corea del Sur, por su parte, ha informado de la reanudación inmediata de los altavoces desde los que se envía al Norte propaganda sobre el sistema del Sur.

Esta reacción se ha visto apoyado por Estados Unidos, cuyo presidente, Barack Obama, ha ordenado a sus oficiales al mando de los más de 28.000 efectivos norteamericanos desplegados en Corea para coordinar con el Ejército surcoreano las acciones que sean necesarias a fin de asegurar “la puesta a punto y detener una agresión”. Entre esas acciones figuran la realización de maniobras conjuntas con el ejército surcoreano y otras iniciativas diplomáticas y políticas. Eso sí, el Departamento de Estado no ha abandonado la vía de la negociación, y está presionando a China, único país con verdadera capacidad de influencia en el hermético régimen socialista, para hacer que éste país vuelva a la mesa de diálogo a seis bandas.

Canadá, por su parte, también ha dado un paso al frente y ha anunciado la adopción de sanciones de carácter comercial y diplomático contra el régimen comunista de Kim Yong-Il.

Ante este panorama, la incógnita reside en saber cuál será la respuesta de Pyongyang al envite de Seúl. En principio, reabrir el conflicto armado supondría, quizá, la sangría definitiva de un país ya de por sí empobrecido por decenios de sanciones económicas y de aislamiento internacional, aunque también podría suponer una apertura del régimen si se dan divisiones en el seno del poder norcoreano, coincidiendo además con los rumores que apuntan a un delicado estado de salud del ‘gran líder’ y presidente Kim Jong-Il.

Por otra parte, una guerra entre los dos países vecinos podría tener consecuencias imprevisibles. Uno, el posible uso del supuesto armamento atómico norcoreano sobre Corea del Sur o incluso Japón, que siempre se ha sentido amenazado por Pyongyang, especialmente con ocasión de las pruebas de misiles balísticos. Por otro, que la participación de Estados Unidos en ese conflicto conlleve un empeoramiento de sus relaciones con China, un escenario que la Administración Obama no quiere ni imaginar.

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